La música del vecino

Yo tengo ganas de hacer mis cosas en mi casa y no en la escuela en que trabajo. Sí, soy maestra. Y también doy clase de lengua extranjera, o sea, de lengua portuguesa. Pero hoy es de aquellos días en que me duele la cabeza, caen lágrimas de odio de mis ojos, es el último día que se tiene para entregar los trabajos de la universidad. 

No sé decir cómo es posible que mi mente y mi corazón se peleen tanto que yo no consiga nunca hacer las cosas que tengo antes del plazo y así casi tengo un taque cardíaco toda vez. Yo tengo un vecino sin corazón, no porque me encante o no me quiera sino porque pone la música lo más alta que se pueda imaginar. ¡No hay quien consiga hacer cualquier cosa, ni escuchar a si mismo cuando si está hablando solo!

No es posible que uno no se da cuenta de la tontería que hace, -¡TODOS LOS DÍAS EN QUE EL PLAZO SE AGOTA!- Y sí, esto me está aburriendo mucho. Estoy rabiosa. Tanto que soy capaz de… 

– Bien, ¿y ahora? ¿Qué hago con sus piernas? No sé… Piensa, piensa, piensa…

[…]

Mi mente rodea todas las informaciones, no las encuentro. No hay nada en mi mente. ¡Tonta! ¿Por qué yo he hecho esto? La música era terrible, hablo en defesa de mí misma, ¡él fue un tolo! Ni vio lo que hizo… El cabo de su radio ahora está lleno de sangre, y no se puede escuchar el ritmo que toca mi corazón, mucho menos la terrible música que sale de mi boca. 

¡Tonto! Se calló con el golpe más tonto. Pero ahora ya no me aburre más. Voy a poner el silencio para limpiar el lío, la sangre y mis manos. Si el destino pudiera tocar una música ahora, seria “anguished- cold”. No tengo duda, lo mereció, le doy una última mirada:

La cabeza está empapada de sangre, el cabo del radio enrollado en su cuello así que no puede respirar. Las ropas las pongo en la lavadora para que no hagan mal olor. Sus dedos están en el las ollas misturados con sus oídos y ojos. ¡La salsa está lista! Yo también serví una taza con sangre para que quien llegue primero pueda servirse y aprovechar. Pero no tendrá música, porque el radio se encuentra dentro del estomago, fue ahí que lo puse. El resto del cuerpo está en la nevera, para que se pueda freír cuando se quiera.

Ah, las piernas las puse en la cama, cruzadas, para que nunca más puedan levantarse para encender aquel radio. Entonces, lavo mis manos, voy hasta mi casa, mi siento delante de mi ordenador y escribo el cuento que me pidió la profesora. No hay música, sonrío y puedo escribir…

 


 

Texto escrito por Ana Caroline Wendling, estudante do curso
de Letras/Português-Espanhol da Universidade de Passo Fundo. 

 

 

 

 

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