Más una vez el día amaneció gris. Pero no porque estaba lloviendo o porque estaba nublado. El día estaba gris porque la vida de Isabel estaba tan aburrida como el color. Isabel no sabía al cierto porque los días pasaron a ser así, pero lo que sabía era que hace algunos meses todo dejó de hacer sentido para ella. A veces la niña, que tenía solo 17 años, se preguntaba por qué sentimientos como soledad, tristeza y miedo empezaron a rondar su cotidiano. Pero la verdad era que la niña no tenía respuesta para esa pregunta, o no quería admitir que tenía.
Isabel vivía en una calle tranquila, donde los árboles balanceaban con el viento al final de las tardes. Vivía con sus padres y con su hermanito menor, Juan, en una casa muy grande donde habitaba desde que nació. Por las mañanas iba a la escuela, pues frecuentaba el 3º año de la enseñanza media, y por las tardes ayudaba a su madre en el mercadillo de la familia. Isabel era una buena alumna, le encantaban los libros y le gustaba muchísimo escribir. Por ese motivo, desde sus 10 años, Isabel siempre escribió diarios, en los cuales registraba todo de su vida. Registraba sus alegrías, sus pasiones y en los últimos meses, principalmente, sus miedos y angustias.
Isabel era una chica muy guapa, de largos y oscuros cabellos, ojos muy verdes y expresivos y la piel muy clara. Ella nunca tuvo muchos amigos, pero los que tenía eran como hermanos para ella. Su mejor amiga, Rafaela, iba siempre a la casa de Isabel y ellas hablaban mucho, sobre todo. Pero había algo que Isabel nunca había contado, ni para Rafaela y mismo que ella no quisiera aceptar, sabía que era eso que la debilitaba cada día más.
Así como muchas personas, Isabel sufría en silencio. Ella solo se sentía confortable para abrirse con su diario. Pues un martes por la noche, hace aproximadamente dos meses, ella escribió en su diario: “Me siento horrible. Soy una persona horrible. Me veo en el espejo y la persona que me mira es fea y muy, muy gorda. Miro a Rafaela, ella tiene el cuerpo perfecto, los chicos la quieren, pero a mí nadie me va a querer”. Y a partir de este día la vida de Isabel se hizo un infierno. Después de todas las comidas, ella iba al baño y con el cepillo de dientes inducía su propio vómito con la intención de no parecer más gorda al día siguiente. El problema era que ella no pesaba más que 50 kilos.
Y así se pasaron dos meses. Cuando su madre le preguntaba qué estaba ocurriendo para que ella adelgazarse tanto en pocos días, ella decía que no sabía y se negaba a procurar un médico. Rafaela también estaba muy preocupada con la amiga, ella sabía que algo no estaba bien. Pero los sentimientos de Isabel por Rafaela habían mudado mucho en las últimas semanas. De mejor amiga, Isabel pasó a ver Rafaela como a una rival, alguien que no se importaba con ella, al final, era una chica linda, con un cuerpo maravilloso y que atraía la atención de todos los chicos. Isabel ya no quería más que Rafaela fuera a verla.
Isabel ya no salía más de su habitación, ni con el llanto de su madre y de su padre no abría la puerta. Su único amigo ahora era el espejo, que le devolvía a cada mirada una chica más delgada, pero que, a los ojos de Isabel, era cada vez más horrible y gorda. Cuando comía alguna cosa, iba rápidamente al baño para librarse de la comida. Ella no iba a la escuela hacía una semana y tampoco ayudaba a su madre en el mercadillo. Lo que hacía ahora era quedarse en su cama, llorando y con los pensamientos haciendo una revolución en su cabeza. A cada poco tiempo Isabel oía las batidas en su puerta y oía a sus padres, a su hermanito y a Rafaela llamando por ella, pero Isabel no abría la puerta. Y los días seguían amaneciendo y anocheciendo grises.
Lo más impresionante era el odio por Rafaela que crecía dentro de Isabel. Ella pasó a pensar que todo lo que estaba ocurriendo era culpa de la amiga por ser tan linda y este sentimiento pasó a atormentarla cada día más. Isabel estaba cada día peor, más magra, con profundas ojeras, por las noches no dormía ningún segundo siquiera, tanto que su madre se quedó enferma. El padre de Isabel llamó a un médico hasta la casa de ellos para que examinara a Isabel, a fuerza si fuera necesario. Después de mucha pelea, el médico consiguió consultar a Isabel y le diagnosticó con una anorexia profunda y una depresión muy grave. A Isabel le pareció locura tanto que escribió en su diario el miércoles: “¿Anorexia? ¿Cómo ellos no perciben como estoy gorda y fea? Preciso hacer algo, ya no aguanto más. Y Rafaela va a pagarme por hacerme sentir tan horrible”. Y aquella noche, después que los pensamientos revolucionaron su cabeza, Isabel durmió profundamente.
El día siguiente no amaneció gris. Al abrir los ojos, Isabel sabía que en aquel día su sufrimiento llegaría al fin. Como esperó por ese día. Ella abrió la puerta, fue hasta la cocina donde encontró a sus padres y a su hermanito en el desayuno y los abrazó por un largo tiempo. Ellos no podrían esconder la sorpresa y la felicidad por ver la chica así tan alegre. Desayunó con ellos, después fue al baño utilizar su ya familiar cepillo de dientes, pasó por la habitación de sus padres y volvió a su habitación minutos después. Al entrar cerró la puerta y aguardó oír el cierre de la puerta cuando su madre y su padre salieron rumbo al trabajo y su hermanito rumbo a la escuela. Como todavía era muy temprano, procuró su móvil, que hace mucho tiempo no utilizaba, y llamó a Rafaela, con la esperanza de que ella todavía estuviera en casa. Al primer toque, Rafaela atendió y con la voz emocionada de oír la amiga después de tanto tiempo, escuchó muy feliz a Isabel invitarla a su casa antes de la escuela. Isabel recibió un alegre y muy contento sí de Rafaela y colgó el móvil.
Al escuchar alguien batiendo en la puerta, Isabel fue a abrir muy rápidamente. Encontró a Rafaela con una larga sonrisa y le abrazó por mucho tiempo. Las lágrimas empezaron a derramarse por el rostro de Isabel en el mismo rato que ella invitó a la amiga a irse al dormitorio. Después que entraron, Isabel trancó la puerta y buscó por algo bajo su almohada.
Todo fue muy rápido. La larga sonrisa de Rafaela desapareció al mismo tiempo que ella miró lo que Isabel tenía en la mano. El padre de Isabel tenía un revólver que ella sabía dónde estaba guardado y que ahora estaba en sus manos. Isabel no dijo nada, solo dejó que sus lágrimas cayeran. El primer sonido seco y muy alto cortó el aire al mismo tiempo que el baque del cuerpo de Rafaela cayendo al suelo. Sin pensar dos veces, Isabel hizo con que la arma sonase por la segunda vez, después de ponerla en su propia cabeza. El segundo golpe de cuerpo cayendo al suelo fue menos ruidoso, pero tan cargado de tristeza como el primero.
Los días de Isabel no fueron más grises y tampoco coloridos. Los días para Isabel ya no existían más.