Era un día normal como todos los otros, a pesar de la fuerte lluvia.
Yo estaba jugando en el cuarto con mi hermano menor y mis padres estaban haciendo las tareas diarias. Mi madre estaba embarazada y todos esperaban muy ansiosos por el gran día.Llegó el horario del almuerzo y mi madre llamó a nosotros para que nos lavásemos las manos y fuéramos hasta la cocina almorzar. Los ojos de mis padres brillaban y la espera era muy alegre porque venía la hija de la pareja, la que sería la nuestra hermana menor. Seríamos cinco personas muy felices, viviendo humildemente, pero con una vida llena de mucho amor.
Al final del almuerzo, mi madre retiró los platos de la mesa y mi padre se sentó en el sillón para asistir la tele. Mi hermano e yo fuimos a jugar con nuestros cochecitos. Y sin más ni menos escuchamos lo que sería el peor grito de nuestras vidas. Mi madre dio un grito muy fuerte y se cayó al suelo gritando de dolor. Mi padre luego fue a socorrerla muy afligido y muy nervioso, porque no sabía que estaba ocurriendo. Nosotros solo espiábamos lo que se pasaría, muy asustados, no podíamos imaginar que esta sería una imagen que dilaceraría nuestras vidas.
De pronto, mi padre fue preparar los caballos para llevar mi madre al hospital en carro, el único medio de transporte que teníamos y cuando la soltó de sus brazos, mi hermano y yo vimos la sangre que escurría bajo sus piernas. Desde aquel momento ya habíamos percibido que algo no estaba bien. Pero, ¿sería nuestra hermanita llegando? ¿Mamá, tiene que sufrir todo esto para tenerla? Mi pensamiento no descansaba.
Mis padres partieron en el carro, mi padre lo conducía y mi madre fue acostada en la parte de atrás, gritando de dolor, bajo una lluvia muy fuerte. Y nosotros nos quedamos solos, yo con cinco años y mi hermano con cuatro, solos en nuestra casa, sin saber que decir ni que hacer. Mi hermano se puso a llorar e yo también no pude contenerme. Las horas se pasaban, ya llegaba la noche y nada de noticias de nuestros padres. La lluvia no paraba así como nuestras lágrimas. ¿Qué se pasará con ellos?¿Por qué mamá gritaba tanto?¿Nació nuestra hermanita?
Dormimos llorando, entregues al cansancio, con el corazón apretado por la ausencia de nuestros padres en casa. Hasta que la lluvia cesó y escuchamos el sonido del carro. ¡Son nuestros padres! ¡Y nuestra hermana!
Fuimos muy de prisa a encontrarlos y a abrazarlos y a sanar aquel dolor que el grito terrible había dejado. Pero en el carro no estaba mi madre, ni mi hermana, solo mi padre que lloraba mucho. Cuando nos miró, no pudo decir ninguna palabra. Nos abrazó y nos llevó a la cama, se acostó a nuestro lado y no habló una solo palabra. Yo estaba sin entender, pero la presencia de mi padre me hacía bien. Yo pedía a él por mi madre, pero él no conseguía o no quería hablar, sólo lloraba. Dormimos los tres en la misma cama al sonido del lloro de papá.
Al día siguiente, nuevamente ninguna palabra, algo no podía estar bien. ¿Por qué papá no decía nada? ¿Dónde estaba mi madre? ¿Y mi hermana? ¡Queríamos conocerla! Se notaba que algo había ocurrido, pero él no hablaba nada. Mi padre nos preparó el desayuno, pero no comió. Después, nos duchó y nos puso la ropa más bonita y pensé que nos llevaría para ver a mi madre, pues aquella ropa solo se ponía cuando salíamos a pasear o para alguna fiesta.
El día estaba muy bonito, la lluvia se fue y el sol llegó con fuerza. Subimos en el carro y fuimos en dirección a la iglesia de nuestra comunidad. Cuanto más nos acercábamos del lugar, más mi padre se ponía a llorar y cada vez más fuerte. No comprendíamos que se pasaba y sólo lo mirábamos con un semblante de duda.
Cuando llegamos al destino, había muchas personas en frente a la iglesia y nuestros tíos nos sacaron del carro y nos pusieron en el suelo. Mi padre, ya muy desvalido, nos agarró por la mano, yo de un lado y mi hermano de otro y nos llevó para dentro de la iglesia.
El grito que escuchamos y todo lo que se pasó tuvo sentido después de la imagen que teníamos a frente…dos ataúdes, un de adulto y un más pequeño.
Ahora, nosotros comprendíamos. Teníamos poca edad para hacer y saber muchas cosas en aquel tiempo, pero comprendemos lo que vimos, comprendemos que el grito de mi madre abrió nuestros corazones y de allí en delante ya no éramos más cinco, sino tres.
Comprendemos que el silencio de mi papá era como una culpa que le rascaba el alma y por eso le impedía de hablar. ¿El carro no tenía mucha velocidad y estaba lloviendo, mi papá no consiguió llevarla a tiempo al hospital? ¿Los médicos no pudieron hacer nada? ¿Mi hermana nació sin vida y luego después mi madre también murió? No había respuestas para esto y ni más nos importaba tenerlas. Solo sabíamos que no la veríamos jamás, no las veríamos jamás y toda vez que tuviese una lluvia fuerte, el sonido del grito volvería y las lágrimas encharcarían la ropa de cama.
Conto escrito por Maura Colet Dalchiavon, aluna do Curso de Letras da UPF,
para a disciplina de Prática de Leitura e Escrita em Língua Espanhola,
sob orientação da profª Talita Maria da Silva.