Rafaela era una joven guapísima, tenía pelos largos y rubios que brillaban más que el sol del verano, sus ojos eran verdes y alumbraban todo a su alrededor, su cuerpo delgado, hermoso, y su piel bronceada, reflejaba color de oro, sus labios eran rojos, como la manzana del pecado, así como ya dije, una joven guapísima, y sí, ella dejaba a todos enamorados de su belleza sin igual. Más allá de todo eso, Rafaela era una chica muy inteligente, simpática y dichosa. Aunque con todas esas calidades, no era una chica complacida. Rafaela ocultaba por detrás de su sonrisa, un dolor inmenso, que nadie pudiera imaginar. Más adelante, el lector, comprenderá.
Un jueves común, como de siempre, estaba ella, caminando por las calles de Taxco. Pensaba ir a la Iglesia de Santa Prisca, o entonces al Parque Vicente Guerrero, por fin decidió ir a la Iglesia y después al Teleférico, quería ver a la ciudad desde las alturas. Rafaela estaba un poco enfadada, los últimos días no fueron los mejores para ella, había perdido su móvil, su mejor amiga fue a vivir en otro país, en Francia, su perro se murió arrollado, su jefe la echó del empleo, todo iba mal, ella solo quería aliviar sus pensamientos, y relajar un poco, hasta que las cosas empezasen a mejorar.
Cuando llegó a la Iglesia, buscó sentarse bien al fondo, no quería que la viesen allá, no quería hablar con nadie, entonces ella se arrodilló, y rezó con toda su fe y devoción, pidió a Dios que le sacase el dolor, que su vida tomase un camino nuevo. Lloró, y como lloró. Y en llanto, levantó y, con toda su fuerza, corrió por las calles de afuera, hasta que su corazón sintió un alivio tan inmenso que fue yendo más despacio, su sonrisa a pocos le retornada a la cara. Así, Rafaela llegó al Teleférico.
Fue en el Teleférico que su vida empezó a cambiar. Estaba esperando para subir cuando vio caer unas llaves, el hombre que las derribó no percibió nada y siguió andando. De pronto ella cogió las llaves y fue detrás del hombre, le picoteó el brazo y dijo:
-¡Hola, mozo!, te has dejado caer estas llaves.- El hombre la miró intensamente en sus ojos verdes alumbrados, y por un rato quedó en silencio, no sabía que hacer delante tamaña belleza. Inhaló el aire hasta llenar sus pulmones, y soltó muy despacito todo el oxígeno que había inhalado, sólo entonces dijo:
-¡Hola, bella!, ¿Puedo saber su nombre? -Así los dos empezaron a hablar.
– Sí, mi nombre es Rafaela. ¿Y tú, cómo te llamas?
– Me llamo Ángel. ¿Adónde vas?
– Yo estaba yendo al Teleférico, ¿quieres ir conmigo?
– ¡Oye! Qué bueno, me gustaría muchísimo. ¿Vamos?
– ¡Vale!
Entonces ellos volvieron hasta el Teleférico y juntos fueron a ver la ciudad. Parecían viejos amigos, estaban muy a gusto en la compañía uno de otro. Ella le preguntaba todo de su vida, y él quería saber sobre todos los gustos de ella. Hablaban como era rica aquella ciudad, como les encantaba vivir allí, por veces uno de ellos arriesgaba contar un chiste que provocaba algunas risas. Así siguieron hablando y apuntando algunos locales de la ciudad que les encantaban. Llegando al fin del paseo decidieron que se encontrarían nuevamente.
Antes de contar al lector lo que pasó después de ese día, voy a contarle como era Ángel, el hombre de las llaves. Él se parecía muchísimo con unos de esos tíos que trabajan todo el día y estudian por la noche, sí, tenía un aspecto de gente valerosa y honesta. Tenía la piel morena, un color caliente, como el negro de sus ojos, que reflejaban la noche más oscura y estrellada. Por eso Rafaela estaba encantada por él.
Pasados unos días Ángel llamó a Rafaela para una cita, que, de pronto ella aceptó. Fueron a un restaurante, después pasearon por la ciudad y hablaron mucho, sobre todo. Cada segundo que pasaba, Rafaela se ponía más y más encantada por él, y él por ella, por lo que se suponía. Digo eso porque algo muy raro empezó a pasar con él. Ya estaban muy lejos de todo, y el oscuro de la noche se hacía más intenso a cada paso que daban. Rafaela llevaba una sonrisa seria, un poco preocupada, mientras Ángel cambiaba su manera amable para una actitud misteriosa que Rafaela no podía comprender.
Fue entonces que ella pidió que volviesen al centro y que él la dejase en casa, ya era muy tarde. Así que acabó de decir eso, Ángel la golpeó en la cabeza, de inmediato Rafaela se puso mareada y sin saber lo que había pasado, entonces él la golpeó una vez más, ella desmayo y cayó al suelo. Él la arrastró hasta una calle sin salida, tan oscura que no se podía divisar a nadie. Mientras ella permanecía desmayada, él le ató sus manos y sus pies, le quitó toda la ropa, sentó a su lado y quedó así, en silencio profundo.
Nadie pasaba por ahí, y Ángel lo sabía muy bien. Casi dos horas después, Rafaela abrió los ojos, vio que él estaba a su lado y se desesperó al ver que estaba desnuda y presa, sin poder defenderse. De pronto él le cubrió la boca con un trozo de cinta aislante.
Ángel entonces se acercó de ella, y musitó en su oído ‘sea bienvenida al paraíso, bella, vamos ahora salir de aquí’. Él de ese modo cogió un objeto que ella no consiguió ver lo que era, solo sintió cuando él empujó su cuerpo encima de una tabla y le ató todo el cuerpo. De pronto, él empezó a arrastrar la tabla con Rafaela, la llevó hasta al fondo de la calle dónde estaban y entró por una puerta. Casi no se podía ver que allí existía una entrada. Ángel lanzó la tabla para dentro y empezó a soltar Rafaela, pero dejó sus manos y pies atados.
Rafaela se ponía cada vez más aterrorizada, sus ojos reflejaban una mirada como se fuera un ratón que ve la muerte aproximarse en forma de serpiente, todo su cuerpo tiritaba y sudaba frío, su corazón descomedido, parecía que a los piques le saltaría afuera de su pecho. El terror de no saber lo que pasaba en los pensamientos de Ángel la dejaba angustiada. Quería decir alguna cosa, pero el miedo no dejaba que las palabras saliesen de su boca, ni siquiera un rezongo. Mientras eso, Ángel estaba muy relajado, muy tranquilo con todo, ella no podría comprenderle.
Mi amigo lector, no podré decirle lo que pasó en las próximas horas, todo que sé es lo que fue noticiado en todos los periódicos dos días después. Rafaela está muerta. Ciertamente fue una muerte dolorosa. Cuando encontraron su cuerpo en el tacho de basura, todo fragmentado, sus brazos, sus piernas, sus manos, sus pies, todo había sido despedazado, pero lo que más dejó a todos intrigados, es que su cabeza no fue encontrada. Los expertos la llamaron “la joven sin cabeza” y tuvieron que hacer examen para comprobar de quien era aquel cuerpo. En la casa de Rafaela, encontraron un diario, los escritos del diario revelaban que ella estaba enteramente enamorada de Ángel.
Se cree que Ángel no es el nombre verdadero de aquel tío, y que él permanece haciendo víctimas fatales, porque después de Rafaela otras chicas fueron encontradas despedazadas y sin cabeza. Las investigaciones aún no han resuelto en nada.
Conto escrito pela acadêmica do Curso de Letras da UPF, Juliana Patrícia Soares,
para a disciplina Prática de Leitura e Escrita em Língua Espanhola,
ministrada pela profª Me. Talita M. da Silva.