A lo largo del semestre, una de las actividades de producción escrita de los alumnos de la asignatura de Práticas de Leitura e Produção Escrita em Língua Espanhola fue contar una historia a partir de imágenes o ilustraciones.
A seguir presentamos algunas de las historias creadas por los alumnos de Letras.
- El cuento de Marichelo – Pâmela Máximo e Guilherme Ferreira
- Un amor inesperado – Sabrina Augusta da Silva Bergmeier
- Amor en dificultad – Chaiane Peruzzo
- Negro y Rojo – André Augusto Maronezi Ortiz
El cuento de Marichelo
Pâmela Máximo y Guilherme Ferreira
Marichelo era una niña pelirroja que a los dos meses de edad fue abandonada en un orfanato de monjas. Debido a la crisis económica, el orfanato acabó cerrando y las hermanas, que ya eran muy mayores, no pudieron hacerse cargo de los niños.
Ante la situación, las monjas decidieron distribuir a los niños dentro de cestas de madera, en un barrio donde vivían familias muy pudientes. No era lo ideal, pero bajo las condiciones que enfrentaban, era una salida. Marichelo creció en una casa muy grande, de una familia muy poderosa en la Ciudad de México. El problema es que siempre le faltaba el amor de sus padres de adopción. La pequeña pelirroja no tenía voz en absoluto. Dormía en un sótano frío y, aunque era una niña necesitaba levantarse muy temprano, incluso los fines de semana, para hacer las tareas del hogar. Marichelo preparaba el desayuno, lavaba los platos, cuidaba a la hermana, la peinaba, le daba de comer y la levaba a todas partes.
Mismo haciendo todo lo ordenado, parecía que la familia nunca estaba contenta con los servicios que le brindaba Marichelo, seguían quejándose y molestándola con tantas reclamaciones. Una noche, después de mucho trabajo, Marichelo se fue a bañar y, al ver la luna a través de la ventana, pidió un nuevo rumbo para su vida. Pero no pasó nada. Marichelo ya tenía 16 años y su vida seguía igual, todos los días lavaba la ropa, cosía, cuidaba a la hija menor de la pareja y era tratada de una manera muy hostil. La familia solía dar cenas y reuniones a los grandes empresarios, con mucha comida y música. En una de estas cenas, Marichelo estaba sirviendo las mesas de los invitados cuando se enteró de que el pianista no podía llegar a tiempo para la reunión. Sin pensarlo, se ofreció a tocar.
Cuando estaba en el piano, pensó que nunca había aprendido a tocar el instrumento en su vida, pero por alguna razón misteriosa, tocaba como si hubiera conocido el piano durante años. Marichelo miró hacia afuera y se dio cuenta de que la luna era exactamente la misma que había visto a la hora en que pidió una nueva vida, hace años. Marichelo se convirtió en una gran pianista, conoció el mundo a través de su arte y logró construir un orfanato.
Un amor inesperado
Sabrina Augusta da Silva Bergmeier

Manuela, hija única de una humilde pareja, vivía en el campo, en una residencia sencilla y tranquila, y pasaba la mayor parte de su tiempo ayudando a sus padres en los quehaceres domésticos. El único momento del día en que la niña huía de su dura y triste realidad era cuando iba a la escuela, pero el sentimiento de soledad e insatisfacción siempre la acompañaba, independientemente del lugar dónde estuviera.
Una mañana, su madre le dijo:
– Manuela, necesito que lleves algunos de nuestros productos coloniales a la feria de la ciudad. Acordé con el dueño de la feria que pondría los alimentos disponibles una vez a la semana para que él los vendiera allí.

Siguiendo las órdenes de su madre, la niña puso en una cesta todo lo que necesitaba llevar y siguió su camino hasta la ciudad. A mitad del camino, se encontró con un niño llamado Felipe, que acababa de mudarse a las afueras de la casa de la chica. Ambos iban al mismo destino.
Al mirarse, los dos jóvenes sintieron algo mágico y no pudieron controlar los latidos de sus propios corazones, que parecían huir de sus pechos. En aquella fracción de segundos, todo lo que les rodeaba se congeló y sólo la conexión que los unía les importaba.
Manuela y Felipe parecían conocerse desde hacía largos años, pues uno entendía los sentimientos del otro, y hacían todo lo posible para asegurarse de que ambas partes estaban bien.

Una tarde, al volver de la escuela, Felipe decidió sorprender a su amada, llevándola con los ojos vendados a un lugar rodeado de flores y árboles, para mostrarle un columpio de madera que él mismo había confeccionado para que pudieran encontrarse, manteniendo la descripción y la privacidad.
La chica, al ver el gesto noble del niño, no puede contener la emoción y comenzó a llorar. En ese momento, él se sentó a su lado y le entregó una caja llena de bombones y, alentado por el calor del momento, decidió realizar el pedido de cortejo. Ella, rebosante de alegría, aceptó de inmediato, aunque temía la reacción de sus padres al descubrir la implicación de los dos.
Manuela no sabía cómo abordar ese tema con su madre, pues era una mujer muy intransigente que presentaba poca capacidad de escuchar, pero maestría en juzgar. Sin embargo, la niña no pudo guardar este secreto por más tiempo, y decidió contarle todo.

Al principio, la mujer refutó un poco la idea, ya que creía que los dos eran muy jóvenes. Luego se dio cuenta de que nunca habrá obstáculos para dos corazones que realmente quieran amarse, y que nada ni nadie puede separar a dos personas que están predestinadas a estar juntas para siempre.

Con el consentimiento de doña Juana, los encuentros de Manuela y Felipe se hicieron cada vez más frecuentes y el sentimiento que unía a la pareja crecía en la misma proporción.

Poco a poco, los dos fueron percibiendo que sus vidas ya estaban caminando en una sola dirección. Entonces, el joven tuvo la audaz idea de realizar una serenata, usando una hermosa canción como modo de pedir a su amada en matrimonio.

Impulsado de valentía y coraje, cometió más ese gesto de amor. Fue hasta la ventana del cuarto de Manuela y oficializó la petición. La niña, con los ojos llorosos, aceptó compartir el resto de su vida a su lado.

Después de un cierto tiempo viviendo en matrimonio, decidieron tener una hija, como fruto del amor que sentían el uno por el otro.
Amor en dificultad
Chaiane Peruzzo
Érase una vez una niña huérfana que necesitaba trabajar mucho en la casa de quien la adoptó. Necesitaba barrer la casa, colgar la ropa, desempolvar los muebles, tenía que hacer muchas cosas.


En la casa de al lado trabajaba un niño de la misma edad que Clara, la niña huérfana. En muchos momentos del día se veían y se daban cuenta de cómo sufrían en las actividades diarias. El niño, llamado Pedro, necesitaba ayudar económicamente a su familia y, por lo tanto, tenía que trabajar.


Un día, Pedro habló con Clara y la invitó para salir. Clara dijo que no se le permitía salir, así que Pedro la convenció de que se escapara de sus padres adoptivos. Clara pensó y terminó aceptando la invitación.
Una tarde, Clara estaba barriendo la acera frente a la casa cuando Pedro la llamó y le dijo que era el momento adecuado para salir. Clara dejó su escoba y se fue con Pedro a una panadería, donde tomaron una gaseosa y hablaron de sus vidas y sus dificultades.

A partir de ese día Clara y Pedro quedaron muchas veces. A cierta hora del día se escapaban y salían para caminar y hablar. Era el momento en que se sentían libres.

Los dos descubrieron un amor común: la música. Clara en la casa de sus padres adoptivos tenía un piano. Pedro tocaba violín y guitarra.


Pasaron muchos días y Clara y Pedro estaban cada día más pegados el uno al otro. Pedro, conmovido con la tristeza de Clara por tener que trabajar tanto, la invitó para que se fuera con él. Con el dinero que ganaban en la casa donde trabajaban, se escaparon y se quedaron juntos un tiempo. Después de eso intentarían conseguir un trabajo en lo que más les gustaba: la música.


Clara y Pedro tuvieron días muy difíciles. Huyendo, fueron a un pequeño pueblo, muy lejos de donde estaban. Sufrieron para ser aceptados en un trabajo, pero afortunadamente lo lograron. Con el tiempo, pudieron dejar el alquiler y construir su propia casa. Pasaron los años, Clara y Pedro se casaron y tuvieron dos hijos, quienes heredaron su amor por la música, desde mucho jóvenes ya estaban con sus instrumentos. Los padres no pudieron realizar el sueño de vivir de la música, pero les dieron la oportunidad a sus hijos.


Negro y Rojo
André Augusto Maronezi Ortiz

A través de una escalera, ella bajó de la
luna, con su vestido rojo como la sangre dejó su
cielo y todas las estrellas para entender lo que
pasaba debajo de sus pies. Había estado tanto
tiempo allí que algunos podían decir que Silvia
era la propia luna, o también por su belleza
única y particular. Quizás sí lo era. Claro que le
encantaba todo su alrededor, puesto que el
negro de la noche que le acercaba acentuaba los
trazos finos de su cara suave y de su cuerpo
hermosamente dibujado, sin embargo, su
curiosidad ya era insoportable, al punto de agobiarse. Vivir con esa incomodidad no estaba en sus planes.

Al llegar en la tierra por el espejo que
sirve como puerta entre los dos mundos, la luz
se acercaba tanto a ella que hasta su ropa cambió
de color, definitivamente tanta claridad no le
encantaba a ella, hasta pensó en volver, pero la
chica que vivía en la oscuridad tenía que entender las razones, ver de muy cerca lo que
eran aquellas formas tan raras, que por más
increíble que fuera la oscuridad, no había nada
semejante allá. Con tantas ganas de descubrir
qué eran las figuras que había visto, no se dio
cuenta de que el objeto que había cruzado ahora estaba roto.

En su búsqueda por los elementos de
aspecto distinto percibió que todo a su
alrededor también era desigual a su hogar. Se
acercó al borde de una montaña que seguía
igual hasta el infinito y ahí se acostó mirando
hasta donde los ojos eran capaces. De alguna
manera, todo lo excéntrico no le daba miedo,
sino más ganas entender la nueva realidad y
de quedarse allí, no obstante, a Silvia le
gustaba todo lo que era inusual. En ese lugar,
tumbada mientras el viento agitaba su
flequillo, se puso a jugar con el césped rojo que le abrazaba, como una gran y hermosa alfombra que parecía estar ahí justamente para recibirla, la chica de personalidad única estaba disfrutando de forma tan intensa que el entrenamiento le hizo olvidar por un momento la razón de estar allá.

Después de mucho buscar y no lograr
encontrar los dibujos que había visto desde el
cielo negro, empezó a pensar que podría estar
lunática, la curiosidad la corroía con
formidable fuerza que provocó que se derrumbara en el suelo, intentando
comprender lo que estaba pasando, deseando
zafarse de aquella situación agobiante, la
magnitud de su incomodidad suscitó que la
claridad disminuyera, cambiando otra vez el
color de su vestido. Hasta que, de manera
inesperada, algo sucedió, algunas criaturas se
acercaban a ella, que, por todavía estar sufriendo por la curiosidad, simplemente no percibía lo que pasaba en su entorno.

Paulatinamente notó que había muchas
cosas volando ahí dónde ella ya no se sentía
tan abrumada por la curiosidad. Mientras tenía
su discernimiento otra vez, pudo percatarse de
los animales que estaban allí, y que, por
coincidencia u obra del universo, eran las
figuras que una vez ella divisaba lo lejos. Se
quedó fascinada con los colores de los
animales que aparentaban conocerla desde
hace mucho, por la intimidad que ellos tenían
con ella, deslizándose en el aire como si nada
fuera tal vez por su estrecha relación con la naturaleza y los elementos, eran casi como estrellas, pero con alas y no tan brillantes.

La amante del negro estaba gozando
de cada segundo con las mariposas que
aparentaban tener el mismo sentimiento,
puesto que a cada instante llegaban más y más
para unirse al espléndido baile que ocurría.
Mientras se deleitaba con espectáculo, en el
transcurso de mismo, Silvia estaba
sintiéndose rara, ya no sabía si estar allí con
estos animales era un buen sentimiento.
Intentó marcharse, pero de alguna manera las
mariposas no la dejaban irse, ya sea por la
cantidad o por algún poder raro que emergía
de ellas. La joven se puso desesperada por la situación sofocante e intentó correr, pero ya no podía, entonces se rendió a los insectos de alas.

Ahora ella estaba allí simplemente
parada, sin poder moverse de cualquier
manera, con mariposas sobre todo su cuerpo
que estaban haciendo algo que estaba lejos
de su comprensión. La chica todavía luchaba
para de alguna manera lograr moverse y salir
de ahí lo más pronto posible, sin embargo,
mientras pensaba en maneras de hacerlo,
pudo divisar de lejos el espejo que había
cruzado, ahora roto. Entonces al percibir que
ya no tenía formas de volver a su oscuridad,
ya débil por el hambre y por la sed, aceptó su
destino y se entregó a los animales volantes que poco a poco llenaban cada espacio de su cuerpo, hasta que ya sin fuerzas, la chica se cayó al suelo.

Toda la claridad de esta tierra se hizo
oscura, su vestido ya era otra vez rojo, las
mariposas ya no estaban por encima de su
cuerpo, pero también ya no estaba Silvia
adentro de si misma, puesto que todavía
estaba tirada en el suelo con una sustancia
liquida del color de su vestido a su alrededor.
Y así permaneció durante un cierto tiempo.
La noche ahora estaba ahí, tal vez intentado
ayudarla por la relación que ambas tenían,
una conexión increíble que solo las dos
habían sentido, un vínculo que era imposible que otros además de ellas pudieran sentir, eso estaba más allá de la capacidad de cualquier ser.

De repente, en una ráfaga de humo que hizo hasta
su vestido cambiar de color por un rápido momento,
Silvia estaba de pie, flotando como una pluma, cuyo
vapor le tocaba directamente su pecho de manera
violenta. A pesar de la intensidad de la escena, era
imposible saber si lo que estaba pasando era algo bueno,
si ella estaba sufriendo, tampoco era imposible decir si
estaba viva o no.

De alguna manera, ella ya
no llevaba su vestido, sino que
estaba en su espalda, como si
ahora ya fuera parte de su cuerpo.
La ropa se volvió en alas. Ahora,
Silvia con sus grandes y rojas alas,
podría elevarse como una radiante
mariposa por cualquier parte del
universo. Por estar enamorada del
negro y querer estar siempre cerca
de él, Silvia regresó a su lugar
preferido y allá se quedó bailando
de manera preciosa por el cielo
oscuro. Y de esa forma surgió la
primera mariposa de la noche. Y la única.